Continuamos donde lo dejamos: el desierto guardó silencio, y el corazón de Samuel latía con la velocidad de un colibrí.
El Genio extendió sus manos de humo, y el aire a su alrededor comenzó a vibrar. La arena se levantó formando remolinos que parecían danzar alrededor de las dos figuras. Samuel sentía cada grano rozar su piel como pequeñas chispas eléctricas, y una energía que era al mismo tiempo cálida y antigua lo envolvía.
—Tu deseo es inusual, Samuel —dijo el Genio, y su voz ahora era un coro de susurros que emergían de todas partes—. No hay oro en lo que pides, ni poder sobre otros, ni gloria que arrebatar. Pero es valioso. Más valioso de lo que tú mismo puedes imaginar.
—¿Qué significa eso? —preguntó Samuel, sintiendo que las fuerzas comenzaban a flaquearle en las piernas—. ¿Me lo vas a conceder o no?
—Te lo concedo. Pero antes, quiero que sepas algo sobre la fuerza que pides.
El Genio se aproximó, y su forma etérea se onduló hasta quedar tan cerca que Samuel pudo ver el brillo de miles de estrellas atrapadas en las volutas de su cuerpo.
—La fuerza que pides no es una fuerza nueva. No te la voy a dar como quien regala una herramienta. Lo que voy a hacer es quitar las vendas de tus propios ojos para que la veas dentro de ti. Porque siempre estuvo allí, Samuel. Desde el día que naciste.
Las palabras lo atravesaron como un rayo.
—Yo… no entiendo.
—Estabas aplastado por el miedo, Samuel. Miedo de no ser suficiente. Miedo de que todo lo que haces no sea más que un destello que se apaga antes de iluminar nada. Ese miedo te ha estado susurrando al oído todas las noches, diciéndote que madre y tú están destinados a la derrota.
El Genio cerró los ojos, y por un instante, su forma se volvió completamente quieta. Un silencio infinito se apoderó del desierto. Hasta el viento pareció contener la respiración.
—Yo no soy un genio de los cuentos que reparten fortunas de la nada, Samuel. No estoy aquí para darte peces, sino para enseñarte a pescar. Y en tu caso, para que veas cuán grande es tu red.
Abdul —porque ese era el nombre que el Genio confesó llevar desde tiempos antiguos, nombres olvidados que nadie pronunciaba ya— trazó un círculo sobre la arena con su dedo de humo. Del círculo brotó una luz dorada que subió en espiral hasta perderse en el cielo, donde las primeras estrellas comenzaban a parpadear.
—Has vivido fijándote en lo que te falta, Samuel. Te has estado comparando con quienes tienen más, con quienes heredaron más, con quienes tuvieron más oportunidades. Pero no has mirado lo que hay bajo tus propios pies.
Samuel siguió la mirada del Genio hacia el suelo. Bajo sus botas, unas líneas extrañas comenzaron a formarse en la arena. Era como si un mapa estuviera emergiendo de la tierra, hecho con las marcas de algo que siempre había estado allí, escondido a plena vista.
—¿Qué es esto? —murmuró.
—El camino que has recorrido. Cada paso que diste quedó marcado en este desierto de tu vida, Samuel. Contempla esa línea que va desde el día en que tu padre se marchó hasta el preciso instante en que me encontraste aquí, en estas dunas.
Y mientras Samuel contemplaba las marcas, algo cambió dentro de él.
—No caminaste mal, Samuel. Caminaste lejos. Caminaste con la cabeza gacha porque los golpes te habían hecho sentir pequeño, pero mira ahora: cada uno de esos pasos te trajo aquí, a este encuentro, a estas dunas, a esta oportunidad.
Los ojos de Samuel se llenaron de lágrimas. No porque estuviera triste, sino porque por primera vez en mucho tiempo se miraba a sí mismo con los ojos del que ve.
—¿Y qué te pediste, Genio? —preguntó, secándose las mejillas con el dorso de la mano—. ¿Qué pediste tú, la última vez que un humano tuvo el poder de elegir por ti?
El Genio pareció titubear. Sus llamas parpadearon con menos intensidad, y hubo un destello de algo que podría llamarse nostalgia.
—Yo no pido, Samuel. Estoy condenado a conceder.
—Pero alguna vez quisiste algo, ¿no?
El Genio sonrió, y esa sonrisa tenía un dejo de amargura.
—Quise libertad. Quise volver a ser lo que fui antes de esto. Pero, ya ves, mi destino no es algo que pueda pedir a otro. Es algo que tengo que encontrar yo mismo, hilo a hilo, camino a camino.
Samuel comprendió en ese instante que todos estábamos atrapados en alguna clase de candil invisible. Que la libertad, el destino, los sueños, no eran cosas que se repartieran con una mano, sino espacios que se construían con las propias manos y con los propios errores.
—Genio, entonces… ¿no hay nada que pueda hacer por ti?
La pregunta quedó suspendida en el aire. La noche se había cerrado por completo sobre el desierto, y solo la luz azulada del cuerpo del Genio iluminaba la escena. Sobre sus cabezas, millones de estrellas formaban coronas de brillo que parecían estar bendiciendo ese encuentro.
Abdul lo miró con una expresión que podría haber sido sorpresa. Nadie le había ofrecido nunca nada a él. Durante siglos, los humanos llegaban, pedían, obtenían su deseo y desaparecían cargados de regalos y riquezas, sin jamás preguntarse quién era aquel ser que allá en su candil había pasado los años eternos.
—Eres un humano extraño, Samuel —dijo finalmente—. Y eso me agrada.
Una fuerza invisible tomó su alegría y su fe, las mezcló con aquello que él había encontrado en su interior aquella noche, y formaron algo nuevo. En sus manos, Samuel sintió un peso tibio que se solidificaba.
Cuando abrió las manos, vio el candil de latón brillando en la oscuridad. Ya no estaba cubierto de tierra ni de óxido. Ahora emitía un resplandor cálido, como un pequeño sol portátil.
—Es tuyo, Samuel —dijo el Genio—. Guárdalo. Porque el candil que encontraste no fue una casualidad.
Ansioso, la cabeza daba vueltas con cada revelación que escuchaba.
—Una elección que se extiende a través de los tiempos —dijo Abdúl, y sus ojos ya no eran dos ascuas de fuego, sino dos pozos profundos de inquietud—. Pero, de repente, hay algo que sí está dentro de ti, Samuel.
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