Sabías que algo no encajaba y el corazón te dijo que vinieras por el final: qué bueno que lo hiciste.
— ¡Marta, ven rápido! —la voz de Luis atravesó el pasillo como un latigazo, y ella sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. Corrió hasta la ventana del dormitorio principal, donde su esposo estaba pegado al vidrio, los ojos desorbitados—. Mira… mira lo que está escribiendo la niña.
Marta llegó con el aire cortado y se encontró con esa escena que le iba a perseguir por el resto de sus días: la pequeña delgaducha, de unos siete años, estaba en su ventana con el dedo índice presionado contra el cristal empañado. Sus ojos oscuros, enormes, miraban directamente hacia la casa de ellos, hacia el dormitorio de Marta y Luis. Cuando terminó de trazar las últimas letras, el mensaje se hizo visible como una herida en el vidrio:
NO SE LLEVEN AL BEBÉ.
Marta sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué bebé? —susurró Luis con la voz deshecha—. ¿De qué está hablando esa niña? Nosotros no tenemos…
Pero el silencio que vino después le respondió antes de que pudiera terminar la frase. Porque en ese momento, la pequeña giró la cabeza hacia un lado, como si hubiera escuchado algo dentro de su propia casa, y desapareció de la ventana. Así nomás. Como si se la hubiera tragado la oscuridad del interior.
Marta apretó el brazo de Luis con una fuerza que ni ella misma sabía que tenía.
—Luis… ¿oíste eso?
Un llanto. Un llanto bajito, desesperado, sofocado como con una mano sobre la boca. Venía de la casa vecina, pero no del primer piso donde vivía la madre con la niña. Venía del sótano.
Desde hacía tres semanas, Marta y Luis habían notado cosas raras en esa casa. Primero fueron los ruidos nocturnos: golpes sordos, arrastres, como de muebles que se movían a horas imposibles. Luego fueron los llantos, siempre sofocados, siempre de madrugada. Y después, lo más inquietante de todo: la niña de al lado, esa pobre criatura de ojos tristes, había empezado a aparecerse en la ventana a deshoras, escribiendo mensajes en el vidrio empañado.
«AYUDA», había escrito una noche.
«NO ME DEJEN AQUÍ», dijo en otra ocasión, con la letra temblorosa.
Pero esa noche, el mensaje no era para pedir auxilio para ella. Era una advertencia. Y mientras Marta procesaba el horror de lo que acababa de ver, un pensamiento terrible se abrió paso en su mente.
—Luis —dijo con los labios blancos—. La noche que empezaron los ruidos en esa casa… ¿qué día fue?
Luis frunció el ceño, pensando.
—No sé… hace como un mes. ¿Por qué?
Marta llevó una mano a su propio vientre, apenas abultado, casi imperceptible bajo el suéter holgado. Llevaba dos semanas sin contarle a nadie su secreto. Ni siquiera a él.
—Porque yo hice la prueba de embarazo el 14 de junio —respondió temblando—. Cuando entré al baño eran las once de la noche. ¿A qué hora empezaron los ruidos?
El rostro de Luis se descompuso.
—Esa misma noche, Marta. Esa misma maldita noche.
El silencio entre ellos fue más pesado que la oscuridad que los rodeaba. Marta se apoyó contra la pared, sintiendo las piernas débiles, mientras del otro lado de la casa, el llanto del sótano continuaba, ahora más alto, más angustioso. Era un llanto de recién nacido.
—¿Quién está en ese sótano, Luis? —susurró ella, con la voz quebrada—. ¿Y cómo sabía esa niña que yo estoy embarazada?
—No lo sabía —dijo Luis, pero sus propios labios temblaban—. No puede saberlo. Nadie sabe lo de tu embarazo.
—Entonces… —Marta tragó saliva con esfuerzo—. ¿Por qué escribió lo del bebé?
Fue en ese momento cuando un auto se detuvo frente a la casa vecina. Las luces se apagaron de inmediato. Marta y Luis se agacharon instintivamente, pegados a la pared, sin atreverse ni a respirar. Vieron una silueta masculina descender del vehículo y caminar con determinación hacia la entrada trasera de la casa. La madre de la niña, esa mujer de cara endurecida que nunca saludaba a nadie del barrio, apareció en la ventana y confirmó con un gesto seco que el camino estaba despejado.
—¡Fíjate! —exclamó Marta en un susurro ronco—. La madre bloquea la entrada principal. Está dejando entrar a ese hombre por la parte de atrás.
—¿Quién es? —preguntó Luis, con la voz ronca de la ira—. ¿Un pariente? ¿Un amigo?
—No lo sé, pero tiene que ver con lo que está pasando ahí adentro. Con esos ruidos. Con esa niña asustada… —Marta se detuvo. Una idea horrible la golpeó con la fuerza de un tren—. Con ese bebé que llora en el sótano.
Luis ya estaba tomando el teléfono, los dedos temblorosos sobre el teclado.
—Voy a llamar a la policía —dijo, resuelto—. Esto ya pasó los límites. Esa criatura está en peligro y nosotros estamos aquí parados como si nada.
Pero Marta le detuvo la mano. Fue un gesto instintivo, ni siquiera lo pensó. La mirada de su esposo se encontró con la suya, confundido, tal vez incluso un poco molesto.
—Espera —dijo ella, con la voz apenas un hilo—. ¿Y si ella no es la víctima? ¿Y si todo esto es una trampa?
—¿Cómo que una trampa?
Marta no respondió. Tenía los ojos clavados en la ventana de la niña de al lado, que volvía a estar empañada desde adentro, con nuevas marcas de dedos sobre el vidrio. Algo se estaba formando de nuevo, lentamente, letra por letra. Y cuando la pequeña apareció otra vez, su carita blanca como un papel, el mensaje que dejó en el cristal fue el que hizo que Marta sintiera un vacío helado en el estómago.
CUIDADO. ÉL SABE QUE ESTÁN VIENDO.
Marta levantó la vista lentamente, sintiendo el pánico extenderse por todo su cuerpo como un veneno, y vio la silueta del hombre desconocido, que ya no se dirigía hacia la casa vecina, sino que estaba caminando hacia su propia entrada, hacia su puerta, con una llave en la mano.
—Luis —logró decir con un hilo de voz, sintiendo el mundo girar—. Él viene para acá.
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