Sé que llegaste hasta aquí porque la historia te atrapó y necesitabas saber cómo termina. Y créeme, la parte que viene es la que más te va a estremecer.
Samuel tenía las manos temblorosas. Allí, frente a él, flotando en el aire con una calma sobrenatural, el Genio esperaba su respuesta. La última advertencia aún resonaba en sus oídos como un trueno lejano: «Cobraré un precio superior a todo el oro existente».
—¿Qué… qué precio? —preguntó Samuel, sintiendo que la voz le salía rasposa, seca como la tierra que apenas minutos atrás había estado removiendo.
El Genio no respondió de inmediato. En lugar de eso, sus ojos —que eran como dos fragmentos de cielo nocturno incrustados en un rostro de humo— recorrieron el horizonte de dunas. Las últimas luces del crepúsculo teñían el desierto de tonos rojizos y dorados.
—El precio, Samuel, no es algo que yo pueda explicarte con palabras —dijo finalmente, girando su rostro etéreo para mirarlo directamente—. Es algo que tendrás que vivir para comprenderlo.
Samuel tragó saliva. Su corazón golpeaba tan fuerte que sentía cada latido en las sienes, en la garganta, en las yemas de los dedos.
—Pero antes de que decidas, quiero que sepas lo que hay en juego.
El Genio levantó una mano hecha de humo azul y trazó un círculo en el aire. Una imagen apareció en el espacio vacío, como si fuera una ventana a otro lugar. Samuel reconoció al instante la fachada de su casa, pequeña y modesta, con la pintura descascarada y la puerta de madera descolorida. A través de la ventana, vio a su madre en la cocina, contando monedas sobre la mesa, una por una, con una tristeza honda en el rostro.
—Conoce tus sueños, Samuel —dijo el Genio con voz suave—. Conoce tus miedos, tus deseos más profundos. Puedo verlos dentro de ti como un pergamino desplegado.
Y lo cierto es que tenía razón. Porque en los últimos meses, Samuel había ido acumulando sobre sus hombros una carga que pesaba más que el mundo entero. Su madre trabajaba sin descanso desde que su padre los había abandonado, sirviendo mesas en un restaurante del pueblo, llegando tarde y saliendo antes, con las manos agrietadas y el cuerpo molido. Y él, que era fuerte y capaz, no encontraba la manera de ayudarla. Los empleos escaseaban, los sueños se habían convertido en materia de lujo, y el futuro se veía como una de esas noches sin luna donde no se ve ni la propia mano.
El Genio se inclinó hacia él, y su presencia era tan vasta que la arena alrededor de sus pies se removía sin viento que la empujara.
—Existe una regla sagrada, Samuel. No puedes pedir algo que altere el destino de otro ser humano. Nada de manipular voluntades ajenas, ni de solucionarle la vida a otros tomando decisiones por ellos.
—Pero entonces… —tartamudeó Samuel—. Entonces, ¿qué puedo pedir?
—Todo lo que te pertenezca a ti, y solo a ti. Tu destino, tu camino, tu vida. Pero si eso que deseas también involucra la vida de alguien más… —El Genio dejó la frase incompleta, flotando en el aire como una pregunta sin respuesta.
—¿Y qué pasa si lo hago? —preguntó Samuel, sintiendo que la curiosidad le quemaba la lengua—. ¿Qué pasa si pido algo que toque el destino de otros?
Los ojos del Genio llamearon por un instante. El calor en el aire aumentó, y Samuel sintió una presión extraña en el pecho.
—El destino es un tejido delicado, Samuel. Cada hilo, una vida. Tira del hilo equivocado y la tela entera podría desgarrarse. El precio…
El Genio se detuvo, y en su silencio se escuchaba el viento gimiendo entre las dunas.
—El precio superará todo el oro del mundo.
La frase cayó como una sentencia. Samuel miró la imagen de su madre, seguía contando monedas, moviendo los labios mientras repetía los números. Quería verla feliz. Quería ver su sonrisa, esa que tanto se le había borrado del rostro. Porque la única ilusión que había alimentado en esos meses difíciles era una: darle a su madre la vida que se merecía.
Pero hacerlo, según las reglas de aquella conversación, implicaría pedir algo que tocaría el destino de ella. Y ese deseo costaría un precio que él no podía pagar.
Entonces, una idea brilló en su cabeza. Una idea tan clara y tan perfecta que casi pudo escuchar el clic de una cerradura abriéndose.
—Genio —dijo Samuel, y su voz esta vez salió firme—. Quiero mi deseo ahora. Lo tengo decidido.
—¿Y cuál es tu deseo, Samuel? —preguntó el ser de humo azul, con una sonrisa que era a la vez curiosa y peligrosa.
—Quiero que la vida me golpee tan fuerte como a mi madre me ha visto caer y levantarme a mí. Quiero…
Samuel respiró hondo, y en sus ojos se encendió una chispa que venía de muy adentro. No era la chispa de la ambición desmedida ni del deseo egoísta. Era algo más puro, más terco, más humano.
—Quiero tener la fuerza para abrir un camino donde no lo hay. Quiero saber esa fuerza en mí y poder sostenerme en ella, sin depender de nadie, sin quebrarme jamás.
El Genio quedó en silencio por un largo momento. Las llamas de sus ojos danzaban con una nueva intensidad, como si estuviera examinando cada rincón de las palabras de Samuel.
—Eso, Samuel, no altera el destino de nadie —dijo al fin, con un tono que ahora había perdido toda la frialdad anterior—. Y no te costará oro alguno.
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