Llegaste a la parte final de la historia…
— ¿Dos catorce de la mañana? — preguntó Mariana, con la voz apenas un susurro. — Yo estaba despierta a esa hora. Estuve estudiando hasta cerca de las tres.
Todos la miraron.
— ¿Viste algo? — preguntó Lázaro, conteniendo la respiración.
Mariana trató de recordar. La cocina estaba lejos de la puerta de entrada. El timbre del apartamento no sonaba si no se presionaba el botón correcto. Pero el sistema de seguridad del edificio solo alertaba si alguien usaba la llave maestra del encargado o forzaba la cerradura.
— Escuché un ruido — dijo de pronto. — Como un rasguño, cerca de la puerta. Pensé que era un gato. Hay muchos gatos en el barrio.
— ¿Estás segura de que era un gato? — insistió Lázaro.
— No… — admitió Mariana. — No del todo. Pero como no volvió a sonar, no le presté atención.
— ¿Cuándo llegó el ramo de flores? — preguntó Lázaro.
— Esta tarde — recordó Paola. — Alrededor de las cinco. El mensajero tocó el timbre y lo dejó junto a la puerta. Estaba firmado.
— ¿Firmado por quién?
— No leí la firma. La tarjeta no la tenía cuando lo recibimos. Solo la encontré al abrir el ramo.
Lázaro y el profesor intercambiaron miradas. Ambos, por primera vez, parecían estar de acuerdo en algo.
— Alguien más tiene acceso a esta información — dijo el profesor. — Alguien quiere que peleemos entre nosotros. Que las estudiantes se sientan amenazadas. Que mi hijo y yo nos enfrentemos. Y anoche entraron a este edificio.
El viento sopló fuerte en el pasillo, haciendo temblar la puerta entreabierta. La figura que vigilaba desde el callejón ya no estaba. Había desaparecido entre las sombras.
— Tenemos que revisar las cámaras del edificio — propuso Paola. — Hay una en cada pasillo. Si entraron anoche, deben estar grabadas.
El profesor asintió. Sacó su teléfono y marcó un número.
— El encargado vive en el primer piso. Voy a pedirle que revise las grabaciones desde las dos de la mañana.
Mientras él hablaba, Mariana se acercó a Lázaro. Lo observó con detenimiento. Era más joven que su padre, quizá de unos veintitrés años. Tenía la mirada cansada, los hombros caídos.
— ¿Usted es estudiante de la universidad? — preguntó.
— Sí. Estudio Criminología. Por eso sé que esto no es coincidencia.
— ¿Qué quiere decir?
Lázaro bajó la voz.
— Mi padre me contó que tienes los mejores promedios de tu generación. Que eres la única becada de tu clase. Que admiran tu esfuerzo. Hace unos días, escuché a un grupo de estudiantes hablar de ti en la biblioteca. Decían que deberías aprovechar cada oportunidad para ascender. Que la universidad solo sirve para congraciarse con los poderosos.
— ¿Qué tiene que ver eso con las flores?
— Las flores estaban dirigidas a la chica que necesita una oportunidad. La nota, la confusión, todo estaba armado para lastimar tu reputación. Para que nadie te creyera si denunciabas un acoso. Pero mi padre no fue el autor. Él es un profesor respetado, pero también es un hombre que ha sabido protegerse. Si te hubiera querido dañar, habría sido más sutil.
Al terminar la frase, el profesor regresó con el teléfono en la mano. Su rostro estaba pálido.
— Las cámaras del edificio dejaron de funcionar anoche a la una de la mañana. Se apagaron hasta las cuatro. No hay registro de nadie entrando.
— ¿Entonces cómo…? — comenzó Paola.
— El apagón no fue casualidad — la interrumpió Lázaro. — Alguien con conocimientos técnicos las desactivó. Alguien de adentro. O que tenía acceso a los circuitos.
— ¿Y el mensajero? — preguntó Mariana. — El de las flores. ¿Podemos rastrear la floristería?
El profesor asintió, pensativo.
— Voy a llamar a la floristería. Tengo el número en mi teléfono porque he enviado ramos a la facultad antes. Pero…
— ¿Pero qué? — insistió Mariana.
— Pero las flores no fueron enviadas por mí. Eso te lo juro, Mariana. Si alguien usó mi nombre, tuvo acceso a mi billetera o a mis contactos.
En ese momento, un nuevo mensaje llegó al teléfono de Mariana.
Era del mismo número desconocido.
«La verdad es más simple de lo que crees. Pregunta al profesor cuál es su flor favorita.»
Mariana levantó la vista. Miró al profesor y luego a Lázaro.
— ¿Cuál es su flor favorita? — preguntó en voz alta.
El profesor la miró confundido.
— Los girasoles — dijo, señalando el ramo sobre la mesa. — Esos son mis favoritos. Los girasoles.
Mariana se quedó paralizada.
— Pero en el ramo hay girasoles… — susurró Paola.
— Cuando pedí flores ayer por teléfono para felicitar a una colega que se jubilaba, la florista me preguntó si quería una tarjeta — explicó el profesor, tragando saliva. — Dije que sí. Le dije que escribiera «Felicidades» y mi nombre. Pero después la llamé para cancelar por un problema de calendario.
— ¿A qué hora canceló? — preguntó Lázaro.
— A las diez de la mañana.
— ¿Y a qué hora llegó el ramo aquí? — insistió Paola.
— A las cinco de la tarde — respondió Mariana. — Ocho horas después de la cancelación.
La floristería no había obedecido la cancelación del profesor. Alguien la había interceptado. Alguien que quería que el ramo llegara a manos de Mariana con su nombre, su nota, y su flor favorita.
La trampa era perfecta.
Apagar las cámaras. Robar la identidad. Utilizar la nota equivocada. Y después, la aparición del profesor en la calle, justo para que Mariana sospechara de él.
— ¿Quién sabía que usted iba a venir aquí? — preguntó Paola.
El profesor cerró los ojos, como si intentara recordar.
— Lázaro sabía que… pensaba venir esta noche. Le conté que quería hablar con Mariana porque se había enterado de que tenía un familiar enfermo. Quería ofrecerle su apoyo, no como profesor, sino como amigo. Ya me lo había hecho con otros estudiantes.
— ¿Y quién más lo sabía?
— En la universidad… el coordinador de la facultad. Me preguntó por mi horario y se lo comenté.
El coordinador.
Lázaro apretó los puños.
— El coordinador de la facultad es el tío de mi mejor amigo. Y mi mejor amigo… siempre ha estado celoso de mi relación con mi padre. Siempre ha tenido acceso a mis notas, mis planes, incluso a mis mensajes.
— ¿Y quién es tu mejor amigo? — preguntó Mariana.
La respuesta no salió de los labios de Lázaro.
Salió de la sombra del pasillo, donde un joven con uniforme deportivo aplaudió lentamente. Traía una sonrisa burlona en el rostro.
— Qué bonita deducción, Lázaro. Casi lo logran.
Mariana lo reconoció de inmediato. Era Gonzalo, su compañero de clase que siempre llegaba tarde y copiaba en los exámenes. El que se había sentado junto a ella cuando la universidad empezó, diciéndole que admiraba su esfuerzo y su dedicación. El que nunca la dejaba sola durante las tutorías.
— ¿Fue usted? — dijo Mariana, sin creer lo que veía. — ¿Todo esto fue para acosarme?
— No fue para acosarte — dijo Gonzalo, cruzándose de brazos. — Fue para que tú dejaras de ser la favorita. Para que el profesor perdiera credibilidad. Para destruir la exclusividad de las becas. Ya estaba cansado de que ella fuera la mejor sin necesidad de que un profesor le haga favores extra.
El profesor se adelantó.
— Gonzalo, llama a seguridad. Ahora mismo.
— ¿Y quién cree que le va a creer? — Gonzalo soltó una risa amarga. — Yo tengo en mi teléfono la confirmación de la orden de flores con la firma de su padre, el profesor. Una tarjeta que dice «Felicidades», su nombre y la dirección de Mariana. Lo unico que hice fue cambiar la tarjeta por otra cuando nadie miró. Pero la firma legítima sigue siendo de tu padre.
— La evidencia digital es verificable — dijo Lázaro, dando un paso al frente. — El envío se puede rastrear. La cancelación de la llamada también. Y las cámaras de la floristería…
— Las cámaras de la floristería muestran a un mensajero entregando el ramo a las diez y media. Nadie puede demostrar quién cambiar la tarjeta.
Gonzalo se dio la vuelta para marcharse.
— Tiene suerte de que ninguno de ustedes haya llamado a la policía. Si lo hubieran hecho, yo estaría en problemas. Pero no lo hicieron. La duda y el miedo los paralizaron.
Y antes de que pudiera desaparecer en las sombras, el teléfono de Paola emitió un pitido.
— Espera… — dijo Paola, mostrando la pantalla. — Creo que esto te va a interesar.
En la pantalla se veía un video. Una transmisión en vivo del noticiero local.
En él, una reportera hablaba frente a la floristería.
«…las cámaras de seguridad de este establecimiento capturaron a un joven manipulando una tarjeta en un ramo de flores tan solo unos minutos antes de su entrega. La policía ha confirmado que esta es una prueba clave en una investigación por acoso y falsificación de documentos contra un estudiante de la universidad…»
Gonzalo se detuvo. Su rostro palideció.
— ¿La policía llegó primero que nosotros? — preguntó Lázaro, incrédulo.
— Llamé a mi hermano, el abogado — explicó Paola, mostrando el teléfono. — Él le pasó la información a la policía para que rastrearan las cámaras antes de que desaparecieran.
Gonzalo retrocedió, pero ya era tarde. Las luces azules de una patrulla iluminaron el pasillo. Los oficiales entraron, tomaron su brazo y le leyeron sus derechos.
Mientras era escoltado, Gonzalo miró a Mariana una última vez, con un rencor que le retorcía el rostro.
— No se puede tener todo para siempre — dijo entre dientes.
Cuando desapareció por la esquina del pasillo, el silencio se extendió entre ellos. Mariana sintió que las lágrimas finalmente podían salir. Paola la abrazó, estrechándola con fuerza.
— Todo esto fue por mi culpa — dijo Mariana, sollozando. — Por querer demostrar que era la mejor.
— No fue tu culpa — la corregió el profesor. — Fue la envidia de quien no pudo soportar verte brillar. Y quiero que sepas algo, Mariana: nunca tienes que demostrar nada. La universidad es un lugar para crecer, no para sentir miedo.
— Gracias, profesor — dijo Mariana, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
— Llámame Andrés — respondió él, con una sonrisa sincera. — A partir de ahora, amistad, no jerarquía.
Lázaro se acercó a Mariana y le pidió permiso con la mirada. Cuando ella asintió, le dijo:
— ¿Puedo invitarte a un café mañana? Quiero que esto quede en el pasado como una mala noche, y empezar de cero.
Mariana sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina.
— Mañana es el examen. Se me antoja un café doble. Pero lo pagamos a medias.
— Trato hecho.
Mientras la patrulla se alejaba y las luces se apagaban en el edificio, Mariana levantó el ramo de girasoles restregándose en el jarrón. Lo puso en un lugar especial de la repisa de su cuarto.
Esa noche no sintió miedo al cerrar los ojos.
Sintió que, por primera vez en mucho tiempo, tenía el control de su propia historia.
El amanecer llegó con un nuevo comienzo. Y en la entrada de la universidad, dos estudiantes comenzaban una amistad que el miedo no iba a quebrar jamás.




