Historias de Familia

El ramo de flores que encendió la alerta: ¿qué escondía el profesor Ramírez?

8 min de lectura
Publicidad

Estás en la parte 2: la historia continúa exactamente en el punto más tenso…

Publicidad

Las dos amigas permanecieron inmóviles, con los teléfonos en la mano, como si el acto de leer ese mensaje las hubiera congelado en el tiempo.

— Mariana… — Paola fue la primera en hablar, con la voz apenas audible. — ¿Ese número… es de alguien que conoces?

— No lo tengo guardado. — Mariana negó con la cabeza, sintiendo que su cuerpo comenzaba a temblar de nuevo. — Nadie me ha escrito así antes.

— Pero está hablando de ti. De nosotros. De lo que está pasando EN ESTE MOMENTO.

Publicidad

Mariana tragó saliva. Sus ojos seguían clavados en la pantalla, repasando las palabras una y otra vez. «Cuestiónale qué hacía en tu hogar anoche.» Esa frase era idéntica a la tarjeta de las flores. Pero ahora había una adición siniestra: «Y esta vez, no dejes sola a tu compañera.»

¿Qué significaba «esta vez»?

Paola miró hacia la puerta. A través de la madera, podían escuchar movimientos. El profesor parecía estar alejándose, o quizás acomodándose en el pasillo para esperarlas. Pero sabía que no se iría así nomás. Los golpes rítmicos a la puerta empezaron de nuevo, pero esta vez entre golpe y golpe, se escuchaba algo mucho más perturbador: un murmullo.

— ¿Está hablando solo? — preguntó Paola.

Mariana se acercó a la puerta, con los pasos lentos, casi tanteando el piso. La madera estaba fría. Se giró hacia su amiga y le indicó con un gesto que se acercara a su lado.

Las dos pegaron sus oídos a la puerta.

El murmullo era constante. No las palabras claras que había dicho antes. Ahora era un susurro incansable, demasiado bajo para entenderlo, pero con un tono que les encogió el alma. Como si estuviera recitando una oración. O una instrucción.

Publicidad

— Tenemos que hacer algo — dijo Paola, girándose. Sus ojos brillaban con la desesperación de quien está intentando pensar rápido. — Voy a mandarle un mensaje a mi hermano. Él es abogado. Si esto sale mal, necesitamos a alguien que sepa qué hacer.

Mariana asintió. Eso sonaba razonable. Pero mientras Paola escribía frenéticamente, Mariana no podía sacarse de la cabeza la otra silueta en la foto. Se acercó a la ventana y descorrió un centímetro la cortina.

Ahí estaba la figura, aún más clara que antes. De pie, inmóvil en el callejón, vestida con el uniforme de la universidad. Sentía que aquella persona los observaba sin siquiera moverse. Se quedó quieta. Pero de repente, la silueta levantó el brazo y lo movió de un lado a otro, como quien saluda a un conocido tras un largo viaje.

Pero el saludo no fue dirigido hacia la ventana.

Fue dirigido hacia el callejón.

Estaba saludando al profesor.

Publicidad

— Paola — dijo Mariana, con la voz quebrada. — Son cómplices. Es un plan. Él está aquí para distraernos, y esa persona está vigilando para avisarle si alguien viene. Todo esto fue planeado.

Paola terminó de escribir el mensaje a su hermano y alzó la vista. Le tomó unos segundos procesar. Cuando lo entendió, apretó los puños con una decisión repentina.

— Mariana, voy a abrir la puerta.

— ¿¡Qué!? ¡No puedes!

— Escúchame. — Paola colocó las manos sobre los hombros de su amiga. Sus ojos, aunque brillaban de miedo, también reflejaban una calma extraña. — Mi hermano acaba de responderme. Me dijo que grabemos todo. Cada segundo de esta conversación. Si el tipo hace algo, tenremos evidencia para destruirlo. No vamos a llamar a la policía ahora porque, si él es inocente, estaremos metidas en un problema. Pero si es culpable, tenemos que cazarlo con pruebas.

— ¿Grabar? — Mariana frunció el ceño, pero luego entendió. — Tienes razón. Sin pruebas, él va a negarlo todo. Mentir. Y nosotros… somos dos estudiantes. Nadie nos va a creer frente a un profesor con años de carrera.

Paola asintió. Sacó su teléfono y abrió la aplicación de grabación de video.

Publicidad

— Listo. Cuando tengas la llave en la puerta, pones una excusa para abrir. Yo estaré grabando desde aquí, siguiendo toda la escena. Si él entra y se pone violento, tenemos prueba de emboscada. Si se queda en la puerta, nos da información.

Mariana tomó aire. Sus manos temblaban mientras buscaba la llave en un cajón la cocina. La sostuvo entre sus dedos como si fuera una reliquia peligrosa.

— ¿Y si es violento? — susurró.

— Tengo una navaja pequeña en el bolso. — Paola levantó su cartera azul. El interior, apenas visible, albergaba un pequeño objeto plateado. — Pero esperemos no usarla.

Se miraron durante un segundo. Tal vez dos. Un mundo de miedo y coraje en ese intercambio silencioso.

— Voy a abrir… — dijo Mariana, encajando la llave en la cerradura. Escuchó el clic. Y antes de que su valentía la abandonara, giró.

La puerta se abrió con un chirrido que auguraba algo siniestro.

El profesor Ramírez estaba ahí, con su chaqueta gris impecable, las manos a los lados y una sonrisa que iba de oreja a oreja. Pero esa sonrisa no transmitía calidez. Transmitía posesión.

— Mariana. Paola. Buenas noches.

Publicidad

— Profesor — dijo Mariana, forzando su voz a permanecer firme. — Es muy tarde para una visita sin avisar.

— Sin avisar? — rió el profesor, un sonido seco, amargo. — Les envié flores. Hay una nota. Pensé que eso era un aviso.

— ¿Y el mensaje de texto? — preguntó Paola, manteniendo el teléfono oculto pero alerta, encendido. — El número desconocido que le escribió a Mariana.

El profesor levantó una ceja. Durante un instante, su fachada de control se vio agrietada por la confusión.

— No sé de qué estás hablando, Paola. Yo no les he enviado ningún mensaje de texto. Sólo las flores y la nota.

— Entonces, ¿quién nos mandó un mensaje hace diez minutos? — inquirió Mariana, mostrando la pantalla de su teléfono. — Este número.

El profesor se inclinó para verlo. Sus ojos recorrieron la pantalla, y lentamente su expresión cambió. La sonrisa amable se desvaneció, dejando a la vista una dureza preocupante.

— Ese número… — murmuró. — Es de mi hijo.

— ¿Su hijo? — preguntaron las dos a coro.

El profesor dio un paso atrás. Su mirada ya no estaba en ellas, sino en el callejón al final de la calle, donde la silueta seguía vigilando.

— Mi hijo… — repitió, y ahora su voz sonaba menos amenazante, más temblorosa. — No sé qué está pasando. Pero no deberías confiar en nadie esta noche. Ni siquiera en mí.

Publicidad

— ¿Qué? — exclamó Paola. — Primero nos amenazas y ahora nos pides que no confiemos en ti?

— Yo no las amenacé. — El profesor negó con vehemencia. — Esa nota… — se detuvo, pensando. — Necesito ver esa nota con mis propios ojos.

— Está adentro.

—¿Me dejarán pasar? — preguntó, con una vulnerabilidad súbita. — Estoy seguro de que esa nota no es mi letra. Alguien la escribió para desviar la atención. Pero no de mí.

Mariana dudó. Miró a Paola. La grabación seguía activa. La puerta seguía entreabierta. El callejón seguía oscuro.

— Profesor — dijo Mariana, tomando una decisión. — Le muestro la nota, pero no entramos a ninguna parte. Y Paola está grabando todo. ¿De acuerdo?

— De acuerdo.

Mariana se giró para buscar la tarjeta que yacía sobre la mesa. Mientras la recogía, escuchó pasos apresurados en el pasillo. Rápidos. Pesados.

Cuando se volvió, el profesor no estaba solo.

Había otra persona detrás de él. De pie, con el uniforme de la universidad. Un joven, de aproximadamente su misma edad, con una expresión de angustia marcada en el rostro. Sostenía un teléfono en la mano.

Publicidad

— Papá — dijo el joven, la voz desesperada. — Te pedí que esperaras. No debías venir hasta que yo te avisara.

El profesor se giró con furia.

— ¿Qué has hecho, Lázaro?

— Lo que tenía que hacer.

Mariana y Paola observaban la escena sin comprender. Los dos hombres parecían pelear, no con los puños, sino con las palabras y las miradas. Hasta que el joven, llamado Lázaro, se volvió hacia ellas.

— Yo les envié el mensaje. Soy yo quien les advirtió que no se dejaran solas. Ustedes no entienden la gravedad de lo que está pasando.

— Explícate — dijo Mariana, con la nota aún en la mano.

Lázaro tomó aire. Miró a su padre.

— Esa nota fue un mensaje para mi papá. No para ti, Mariana. Se la dejé yo mismo en su escritorio la semana pasada. Cuestioné qué hacía en mi casa esa noche… buscando pruebas de que él y mi madre aún estaban juntos. No sabía que habían enviado flores.

El profesor lo miró con incredulidad.

— ¿Tú escribiste esa nota?

Publicidad

— Sí — confesó Lázaro. — Pero yo no envié las flores. Yo no sabía nada de eso.

En ese momento, el teléfono de Paola sonó. Al mirar la pantalla vio una alerta de seguridad: «Acceso no autorizado al sistema de su edificio. Puerto trasero detectado a las 2:14 a.m. de esta madrugada.»

Todos se quedaron en silencio.

Alguien entró al edificio, sin ser invitado, a las dos de la mañana.

Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇

Publicidad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *