La escena quedó en suspenso y tú no ibas a quedarte sin conocer el desenlace. Aquí sigue.
— ¡Tenemos que llamar a alguien ahora mismo! — gritó Paola, sujetando el brazo de su amiga con una fuerza que no sabía que tenía.
Mariana no podía dejar de mirar las flores. Eran hermosas, sí. Rosas rojas, girasoles y unas pequeñas flores blancas que no alcanzaba a identificar. Pero la tarjeta que tenía entre sus manos temblorosas no decía «te quiero» ni «eres especial». Decía otra cosa. Algo que le helaba la sangre.
“¿Qué hacía en tu hogar anoche?”.
Las palabras rebotaban en su cabeza como un eco que no encontraba salida. ¿A qué se refería? ¿Por qué el profesor Ramírez, ese hombre de cabello canoso y sonrisa amable que le daba clases de literatura, le enviaba un mensaje tan perturbador?
— Mariana, ¿me estás escuchando? — Paola la sacudió suavemente por los hombros. — Necesito que respires y me digas qué está pasando.
Mariana parpadeó. Sus ojos estaban vidriosos, pero logró enfocar a su amiga. Paola era su compañera de apartamento desde hacía dos semestres. Se habían conocido en la fila de inscripción a la universidad, cuando ambas llegaron tarde, con el cabello despeinado y el corazón latiendo a mil por el miedo a perder un cupo. Desde entonces, se habían vuelto inseparables.
— No… no lo entiendo — logró decir Mariana, pasándose una mano por la frente. — Ayer él me dijo que tenía una emergencia familiar y que no podría asistir a la tutoría. Le escribí por mensaje y me respondió eso.
— ¿Qué te respondió?
Mariana sacó su teléfono del bolsillo trasero de sus jeans. Sus manos temblaban tanto que el dispositivo casi se le resbala. Abrió la conversación con el profesor y se lo mostró a Paola.
La pantalla revelaba el breve intercambio:
Mariana: «Profesor Ramírez, ¿podemos reprogramar la tutoría? Me avisó que no podrá hoy.»
Profesor Ramírez: «No te preocupes. Nos vemos más tarde.»
Paola frunció el ceño mientras leía. Eso fue lo primero que notó. La respuesta era extraña, pero no alarmante. Sin embargo, cuando alzó la vista hacia la ventana del salón y vio que la tarde ya había caído sobre la ciudad, una sensación desconocida se instaló en su pecho.
— Mariana, este mensaje fue a las nueve de la mañana — dijo Paola, su voz apenas un susurro. — ¿Qué significa «más tarde»? Son casi las nueve de la noche.
Un escalofrío recorrió la espalda de ambas.
— Lo sé — respondió Mariana, tragando saliva. — Pero no es lo peor.
— ¿Cómo que no es lo peor?
Mariana señaló las flores nuevamente. Paola se acercó y tomó la tarjeta entre sus dedos, leyéndola en voz alta:
— «Cuestiónale qué hacía en tu hogar anoche».
El silencio que siguió fue tan denso que podría haberse cortado con un cuchillo.
— ¿En tu hogar? — Paola arqueó una ceja. — ¿Aquí? ¿En el apartamento?
— No lo sé — dijo Mariana, negando con la cabeza. — No tengo idea de qué está hablando. Yo estuve aquí toda la noche, estudiando para el examen de mañana. No vi a nadie.
— Pero…
— ¿Pero qué?
Paola dejó la tarjeta sobre la mesa del comedor. Sus ojos recorrieron el pequeño espacio que compartían. Dos cuartos, una sala apretada, una cocina que olía a café de la mañana. Nada fuera de lo normal. Lo que vieron fue lo que siempre veían: el sofá desgastado que heredaron de la prima de Paola, la mesa del comedor cubierta de apuntes y libros de texto, el mural de fotos poloroid de sus amigos pegadas con cinta adhesiva.
Nada extraño. Nada fuera de lugar.
Entonces, un destello de movimiento en la ventana captó la atención de Paola.
Era una silueta. Una figura oscura, parada en la acera de enfrente, justo debajo de la farola encendida. La luz amarillenta iluminaba su rostro, y al principio no pudieron distinguir quién era. Pero cuando la figura levantó la mano y les saludó lentamente, como si las estuviera esperando, Mariana sintió que su corazón caía a un abismo sin fondo.
— No puede ser — murmuró.
El profesor Ramírez estaba allí. Mirándolas fijamente hacia la ventana del apartamento. Y en su otra mano sostenía algo.
Una hoja de papel.
Blanca. Doblada en cuatro.
Paola se pegó al vidrio, entrecerrando los ojos para leer. Pero la distancia era demasiado grande. Sólo podían verlo, inmóvil como una estatua, con esa hoja en alto. Casi como si las estuviera invitando a acercarse. O más bien, retándolas a hacerlo.
— Paola — dijo Mariana. Su voz era un hilo apenas perceptible. — Solo tú sabes dónde vivo. Le he contado a varias personas que soy becada, que tengo una compañera de apartamento, pero nadie sabe mi dirección exacta. Nadie sabe que este es mi lugar.
— ¿Y por qué me dices esto? — preguntó Paola.
— Porque la nota dice «tu hogar». No dice «el apartamento». Dice «tu hogar».
Paola se alejó de la ventana, pasándose las manos por el cabello. Su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa. ¿Cómo sabía el profesor la dirección de Mariana? ¿Cómo sabía que vivían solas? ¿Y por qué la noche anterior? ¿Qué había pasado anoche que ellas no supieran?
Recorrió mentalmente la noche anterior. Llegaron del campus alrededor de las siete. Cenaron pasta con salsa de tomate y verduras, vieron un capítulo de su serie favorita en Netflix y se quedaron dormidas en el sofá alrededor de las once. Ninguna de las dos escuchó algo sospechoso. Ninguna de las dos vio algo raro.
Pero ahora, esa nota y esa silueta al otro lado de la calle les decían que algo andaba terriblemente mal.
— Tenemos que llamar a la policía — dijo Paola, corriendo hacia la cocina para buscar su teléfono.
— ¡Espera! — Mariana la detuvo. — Todavía no sabemos qué quiere. Quizá es un malentendido. Quizá…
— ¿Un malentendido? ¿Mariana, te das cuenta de lo que está pasando? Un hombre mayor, tu profesor, te envía flores con una nota amenazante y ahora está parado en la acera de tu casa mirándote fijamente. Esto no es un malentendido.
Mariana se mordió el labio. Sus ojos seguían pegados a la ventana, al punto exacto donde el profesor seguía de pie, sin moverse, como si tuviera todo el tiempo del mundo. La luz de la farola lo envolvía en un tono fantasmal.
— Paola, mira — dijo señalando. — Mira cómo sostiene la hoja. Quiere que vayamos hacia él.
— No voy a ir hacia él. Le voy a gritar que llame a la policía.
— No podemos llamar a la policía sin saber qué está pasando. ¿Y si se trata de una broma? ¿Y si alguien está usando su nombre?
Paola dudó. Esa era una posibilidad. Criaturas malintencionadas habían existido siempre en internet, pero nunca tan cerca. Estaban en su segundo año de universidad, en la Ciudad de México. ¿Qué tipo de peligro acechaba a dos estudiantes en un barrio residencial tranquilo?
El profesor levantó la hoja más alto, casi como si las instara a acercarse para leerla.
— Mariana, vamos a acercarnos a la ventana, pero no vamos a abrir la puerta. ¿De acuerdo? No salimos de aquí. Si él se acerca demasiado, cerramos la cortina y llamamos a la policía.
Mariana asintió, aunque sus piernas apenas le respondían.
Caminaron juntas hacia el vidrio, pectorales contra el pecho, manos entrelazadas. A medida que se acercaban, la silueta del profesor se hizo más nítida. Podían ver su chaqueta de color gris, sus zapatos de vestir brillando bajo la luz artificial, su postura erguida, casi militar.
Y entonces, algo cambió.
El profesor dio un paso hacia la calle. Luego otro. Y otro.
Estaba cruzándola.
Caminando lentamente hacia el edificio.
Hacia la puerta principal.
Mariana ahogó un grito. Las dos retrocedieron, chocando contra la mesa del comedor. El teléfono de Paola sonó encima de la encimera, pero ninguna lo alcanzó a ver.
— ¡Que alguien llame a la policía! — gritó Paola, corriendo hacia el teléfono.
Pero su mano se detuvo a mitad de camino cuando escucharon un sonido.
Toc, toc.
Tres golpes en la puerta del apartamento.
El profesor Ramírez no se había subido a la acera. No había esperado a que ellas lo invitaran. No había tocado el intercomunicador que marcaba el apartamento de una tal «L». Estaba justo allí, del otro lado de esa puerta de madera, esperando.
Mariana sentía que su corazón latía tan fuerte que resonaba en los oídos.
— Paola — susurró. — ¿Recuerdas que me dijiste que tenías una llave de repuesto para casos de emergencia?
— Sí, está en mi cuarto.
— ¿Y quién más sabe que existe esa llave?
Paola abrió la boca. Y cuando lo hizo, sus ojos se abrieron con una claridad terrorífica.
Comparó las fechas. El profesor llegó a la universidad en enero de ese año. En junio, Paola tuvo una fiesta en el apartamento y mucha gente fue. Mariana había invitado a varios compañeros de su clase de literatura. Entre ellos, estaba el profesor.
No recordaba si él había estado cerca de su habitación. No recordaba si había visto la llave.
Pero ahora, mientras escuchaban los golpes sonar por segunda vez, más fuertes, más insistentes, no podían pasar por alto esa posibilidad.
— Mariana — dijo Paola, tomando el teléfono entre sus manos temblorosas. — Tengo que llamar a la policía. Ahora.
Mariana iba a asentir cuando escucharon una tercera tanda de golpes.
Pero esta vez, la voz del profesor atravesó la madera, clara y fría:
— Mariana, sé que estás ahí. Solo quiero hablar. ¿Por qué no abres?
Y justo en ese momento, Mariana dirigió su mirada al pequeño periscopio chirriante que tenían en la puerta. Le temblaron las rodillas al pensar que, al mirar por el visor, el profesor podría estar mirándola de vuelta.
— Paola — balbuceó. — Si miramos por el visor, ¿crees que él podría vernos?
— No sé. — La voz de Paola ahora era un gemido. — No sé nada, Mariana. Sólo sé que tenemos que mantenerlo ahí, pero no abrir. No abrir nunca.
— ¿Y qué hacemos con las flores? — preguntó Mariana, mirando el jarrón sobre la mesa. — ¿Y con la nota?
— La foto. La enviamos a las autoridades. Ellos decidirán si es una amenaza real o una broma de mal gusto.
Mariana asintió y levantó el teléfono para tomar una foto de la tarjeta. Pero al hacerlo, su pulso inestable capturó más de lo que esperaba.
En el fondo de la imagen, reflejados en el vidrio de la ventana, se veían dos siluetas.
La del profesor, sí.
Pero también otra.
Pequeña. Al fondo. Como si alguien más estuviera parado en el callejón junto al edificio.
— Paola — jadeó Mariana, mostrándole la foto. — Mira esto. ¿Es otra persona?
Paola tomó el teléfono con manos que temblaban. Se acercó para examinar la imagen. Entrecerró los ojos y exclamó:
— Eso es imposible.
— ¿Qué? — preguntó Mariana.
— Esa silueta… lleva el uniforme de la universidad.
Y antes de que pudieran decir otra palabra, el teléfono de Mariana vibró con un mensaje. Un número desconocido. No guardado.
El mensaje decía:
«Cuestiónale qué hacía tu hogar anoche. Después, descubre quién es la otra silueta. Y esta vez, no dejes sola a tu compañera.»
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