La historia continúa aquí, justo en el momento en que Aarón toca fondo. No te detengas: todavía faltan las respuestas más duras.
El detective, que se llamaba Roberto Silva, se agachó hasta quedar a la altura de Aarón y le extendió una carpeta de color manila que tenía bajo el brazo. Aarón dudó antes de tomarla. Ya había recibido un golpe demoledor; no estaba seguro de poder soportar otro más.
—Dentro de esa carpeta está el directorio de personas que podrían estar relacionadas con tu origen biológico —dijo Silva, hablando con una calma profesional que solo acentuaba la gravedad del contenido—. Tenemos direcciones, números telefónicos y nombres de tres familias distintas que dieron un hijo en adopción en el año en que presuntamente naciste.
—¿Tres familias?
—Y una de ellas —anunció él— vive a una hora de aquí, en un rancho ganadero llamado La Esperanza. Según los registros del gobierno, la compañía a cargo de la adopción en esos años operaba en esta región y se desmanteló a finales de los noventa. Si perteneces a esa familia, la dirección está ahí.
Aarón tragó saliva con dificultad. El término rancho ganadero encendió una alarma lejana en su memoria, como una brisa que llega volando desde muy lejos y que lleva el olor de un lugar que nunca recordó haber olvidado. De niño, solía dibujar caballos y vaqueros. Su madre —su madre adoptiva, ¿supuestamente?— le regañaba siempre diciéndole que su obsesión con los caballos era un exceso de su imaginación. Nunca le gustó contarle por qué le fascinaban tanto los caballos. Y ahora la respuesta podía estar en esa carpeta.
—¿Y me estás diciendo que mi nombre real ni siquiera es ese?
Valeria se acercó y puso una mano sobre la de su esposo. Aún estaban en la escalera de la entrada, aún con el sobre abierto y la carpeta a medio entregar, en una escena que parecía salida de una película sobre identidades robadas.
—Tal vez tu nombre sea otro, Aarón. O tal vez prefieras conservarlo, porque es el que has llevado toda la vida. —Hizo una pausa, y en sus ojos brilló una mezcla de vulnerabilidad y esperanza—. Pero no puedes seguir evitando la verdad. En un mes, la ley ordenará la exhumación del cuerpo de mamá para un examen genético, porque el hospital ha abierto una investigación sobre las anomalías en su certificado de defunción. No podemos quedarnos de brazos cruzados.
—¿Exhumación? —Aarón sintió que se enfriaba su espina dorsal hasta el último músculo—. ¿El certificado de defunción, qué tiene que ver con eso?
Silva tomó la palabra de nuevo:
—La sra. Carmen Álvarez de Mendoza, tu madre adoptiva, fue ingresada y falleció por un fallo cardíaco. Pero su historia clínica muestra que estuvo siendo tratada por alzhéimer avanzado, y las dosis de algunos medicamentos son inconsistentes. El hospital sospecha de una posible negligencia médica o incluso de manipulación externa.
—¡No me digas eso! —rugió Aarón, y la voz le salió rota, como el motor de un auto en las últimas—. ¡Mi mamá solo era una señora que olvidaba las cosas! ¡No era un… un caso médico complicado!
—Lamento informarle, Sr. Mendoza —continuó Silva con más suavidad— que el alzhéimer no condice con los registros de sus médicos tratantes previos. Fue diagnosticada apenas tres meses antes de su fallecimiento, por un doctor ajeno a su historial. Y ese doctor, al igual que la enfermera que atendía su domicilio, desapareció después del funeral.
Aarón se pasó las manos por el rostro, frotándose con desesperación los ojos como si pudiera arrancarse la realidad que se le había pegado en la piel.
—Entonces esto no es solo quién soy yo, ¿cierto? —susurró—. Esto es… mi madre fue asesinada.
Valeria lo abrazó con fuerza, sin importarle que sus mejillas estuvieran húmedas por las lágrimas que ya no podía contener.
—Eso es lo que intento decirte, amor. Esta investigación va mucho más allá de una simple prueba de ADN. Alguien no quería que supieras la verdad. Y esas dosis inconsistentes pueden ser la punta del iceberg.
El detective se aclaró la garganta y cerró la carpeta con un pequeño golpe para recuperar su atención.
—Y aquí es donde necesito tu total honestidad —dijo, mirando fijamente a Aarón—. En la misma cartilla clínica de tu madre hay una entrada con tu nombre, Aarón Mendoza Cruz, y una serie de anotaciones sobre unas supuestas visitas al laboratorio. Esas anotaciones fueron hechas por un doctor que ya no ejerce y que era especialista en pruebas de paternidad. El hombre conocía tu historial genético y el de tu madre mucho antes de que ella llegara al hospital.
Aarón parpadeó. El rostro de un médico canoso apareció en su mente con una nitidez inesperada: el Dr. Villalobos, que le atendió de niño y que desapareció de su consulta sin explicación cuando Aarón cumplió dieciocho años. Un buen amigo de su padre adoptivo. Muy amigo. Demasiado amigo.
—¿El Dr. Villalobos también está implicado?
—El Dr. Villalobos fue encontrado muerto hace una semana en su consultorio, con signos de arma de fuego. Autopsia en curso…
El suelo se movió bajo Aarón. Ya no pudo sostenerse más; se puso de pie de repente, y sus piernas le respondieron mal, como a un caballo desbocado.
—¡Necesito ir a ese rancho! ¡Ahora mismo!
Valeria lo tomó del brazo con determinación:
—Entonces iremos juntos, Aarón. Porque pase lo que pase, pase lo que descubramos, no vas a enfrentarlo solo. Yo juré amarte en la salud y en la enfermedad, y créeme que esto es más grave que eso. Tú y yo vamos juntos hasta el final.
El detective Silva observó la escena con una mezcla de compasión y respeto. Todo un hombre descubriendo que quien se miró al espejo durante años era apenas un reflejo de otra persona, y que la mujer que creía que lo había traicionado estaba dispuesta a viajar con él al infierno si era necesario.
—Tomen esto —dijo, entregándole las llaves de su camioneta—. La mía está en el estacionamiento y tiene GPS. El rancho La Esperanza está en la calle Molino Bajo, sin número, a una hora hacia el sur. Lleguen pronto, porque mañana el abogado de la herencia pretende vender esas tierras en una subasta a menos de la mitad de su valor.
Aarón tomó las llaves con la mano temblorosa mientras una pregunta carbonizaba su corazón: ¿Cuántas cosas más iba a descubrir esa noche?
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